Conversión – Textos en el Evangelio

Lucas 3. 1 al 6

La predicación de Juan el Bautista

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás. Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

Una voz grita en el desierto:

Preparen el camino del Señor,

allanen sus senderos.

Los valles serán rellenados,

las montañas y las colinas serán aplanadas.

Serán enderezados los senderos sinuosos

y nivelados los caminos desparejos.

Entonces, todos los hombres

verán la Salvación de Dios.

Lucas 13. 1 al 5

Exhortación a la conversión

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.

Lucas 15. 8 al 10

La moneda perdida y encontrada

Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido”. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.

Lucas 19. 1 al 10

La conversión de Zaqueo

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería ver quien era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, ahora mismo voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Hechos 2. 37 al 41

Las primeras conversiones

Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”. Pedro les respondió: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar”. Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron alrededor de tres mil.

Hechos 3. 17 al 21

Segundo discurso de Pedro

….Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así, Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.

Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados. Así el señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes. El debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas.

Hechos 5. 29 al 33

Los Apóstoles ante el Sanedrín

….Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen”. Al oír estas palabras, ellos se enfurecieron y querían matarlos.

Hechos 11. 12 al 18

El informe de Pedro a la Iglesia de Jerusalén

….El Espíritu Santo me ordenó que fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron también los seis hermanos aquí presentes y llegamos a la casa de aquel hombre. Este nos contó en qué forma se le había aparecido un ángel, diciéndole: “Envía a alguien a Jope, a buscar a Simón, llamado Pedro. El te anunciará un mensaje de salvación para ti y para toda tu familia”.

Apenas comencé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como lo hizo al principio sobre nosotros. Me acordé entonces de la Palabra del Señor: “Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados por el espíritu Santo”. Por lo tanto, si Dios les dio a ellos la misma gracia que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?”. Después de escuchar estas palabras, se tranquilizaron y alabaron a Dios, diciendo: “también a los paganos Dios le ha concedido el don de la conversión que conduce a la vida”.

Hechos 16. 25 al 34

La conversión del carcelero

Cerca de la medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban las alabanzas de Dios, mientras los otros prisioneros los escuchaban. De pronto, la tierra comenzó a temblar tan violentamente que se conmovieron los cimientos de la cárcel, y en un instante, todas las puertas se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron. El carcelero se despertó sobresaltado y, al ver abiertas las puertas de la prisión, desenvainó su espada con la intención de matarse, creyendo que los prisioneros se habían escapado. Pero Pablo le gritó: “No te hagas ningún mal, estamos todos aquí”. El carcelero pidió unas antorchas, entró precipitadamente en la celda y, temblando, se echó a los pies de Pablo y de Silas. Luego los hizo salir y les preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para alcanzar la salvación?”. Ellos le respondieron: “Cree en el Señor Jesús y te salvarás, tú y toda tu familia”. En seguida le anunciaron la Palabra del Señor, a él y a todos los de sus casa. A esa misma hora de la noche, el carcelero los atendió y curó sus llagas. Inmediatamente después, fue bautizado junto con toda su familia. Luego los hizo subir a su casa y preparó la mesa para festejar con los suyos la alegría de haber creído en Dios.

Confirmación y Conversión

Éste texto lo escribí el 11 de Noviembre del año 2.001 en ocasión de mi Confirmación a los 41 años de edad.

Se lo envié a toda mi cadena de mails de F.E. y FE.

El texto al que hice referencia en esa oportunidad es del libro Paz en el alma, de Fulton J. Sheen editado en el año 1951 por la editorial Iber-Amer Argentina.

Javier Serrano Agüero

24 de Abril del 2.010

“El sacramento de la Confirmación en el que voy a participar hoy, es el fruto de un camino de conversión que se inició hace más de cinco años. Estoy muy feliz por vivir hoy este momento en donde ratifico mi deseo de estar unido a Dios Padre y a Jesús, y donde percibiré más claramente la presencia del espíritu Santo en mi vida.

Como me gustaría que otras personas que lo deseen pudieran vivir más cerca de Dios, hoy adjunto un texto escrito hace cincuenta años, en donde se habla de la conversión del corazón. Este cambio interno que puede ser fulminante o progresivo, nos lleva a vivir con nuevos compromisos, una nueva mirada hacia el mundo y a tener más amor y más paz interior. Sólo hace falta desearlo y dejarse llevar.

Hoy en mis oraciones voy a pedir por todos los que estamos unidos por esta red, algunos más o menos comprometidos con la vida del espíritu, para que todos nosotros y los que nos rodean podamos vivir plenamente en el amor a Dios y a nuestros prójimos, con la esperanza puesta en nuestra vida eterna”.

Con todo mi amor,

Javier.

La conversión

En la jerarquía de la naturaleza, el hombre es el que mayor capacidad de cambio tiene, porque el que nace de la carne puede también nacer del espíritu. Sólo el hombre es convertible. La conversión no significa un desarrollo posterior hacia el orden natural, sino una generación hacia un orden sobrenatural. El cuerpo vive gracias al alma, pero el alma está muerta cuando no tiene esa vida superior que sólo Dios puede conceder. “A menos que un hombre vuelva a nacer, no podrá entrar en el reino de Dios.” ( Juan 3, 3 )

Toda conversión comienza con una crisis, con un momento o una situación relacionada con alguna especie de sufrimiento físico, moral o espiritual; con una dialéctica, una tensión, un tironeo, una dualidad o un conflicto. Esta crisis es acompañada por una parte, por una profunda sensación de la propia impotencia, y por la otra, por una convicción igualmente profunda de que sólo Dios puede proporcionar lo que le falta al individuo.

Durante una conversión el alma se convierte en el campo de batalla de una guerra civil…la conversión no es autosugestión, sino el estallido de un relámpago proveniente de afuera. Sólo se crea una gran tensión cuando el yo se encuentra frente al no-yo, cuando lo íntimo es desafiado por lo exterior, cuando la impotencia del ego se encuentra ante la perfección de lo divino.

Sólo cuando comienza el tira y afloja de la guerra, con un alma en un extremo de la cuerda y Dios en el otro, sólo entonces aparece la verdadera dualidad como la condición de la conversión. Es relativamente carente de importancia el que esta crisis, que provoca una sensación de dualidad, sea repentina o gradual. Lo que importa es la lucha entre el alma y Dios, en la que Dios todopoderoso jamás destruye la libertad humana. Este es el más grande drama de la existencia.

…aparejada a la lucha está la impresión de que se es buscado por Alguien, que no quiere dejarnos en paz. La tragedia es que muchas almas, sintiendo esa ansiedad, tratan de eliminarla con palabras, en lugar de seguirla hasta el final del camino, donde es vista como Dios y como gracia natural operando sobre el alma. La voz de Dios engendra descontento en el interior del alma a fin de que ésta pueda seguir buscando ser salvada. Turba el alma, porque le muestra la verdad, arranca todas las máscaras y las mascaradas de la hipocresía. Pero, por otra parte, consuela al alma, al efectuar una armonía con el yo, con los congéneres y con Dios. Es el hombre quien tiene que decidir si acepta o rechaza la voz que escucha.

…El espíritu pide el renunciamiento a las viejas costumbres, pero la carne se niega a romper las cadenas. En cuanto se encuentran estas dos corrientes de frustración interna y de Misericordia Divina, de modo que el alma advierte que sólo Dios puede proporcionar lo que le falta, la crisis llega a un punto en que es preciso tomar una decisión. En este sentido, la crisis es crucial : representa una cruz. La crisis puede adoptar mil formas distintas, variando de las almas buenas a las pecadoras. Pero en ambos extremos existe un reconocimiento común de que los conflictos y frustraciones no pueden ser superados por las propias energías.

…Una crisis exige dos personas : la persona del hombre y la Persona de Dios. Entonces el remordimiento por sus pecados tortura el alma y la hace ansiar una paz que no puede ganar por sí sola. Y así, por una extraña paradoja, el pecado se convierte en la ocasión de una soledad y de un vacío que sólo Dios puede aliviar.

Un alma en tal crisis, busca a Dios después de una serie de disgustos cuando, como el hijo Pródigo, retorna de las vainas al Pan de la Vida. Una crisis semejante significa tristeza, porque se ha descendido de un ideal; pero esa tristeza está mezclada de esperanza, porque la forma original puede ser recuperada.

…La crisis llega a su apogeo cuando el alma se torna menos interesada en agitar revoluciones externas y más interesada en la revolución interior de su propio espíritu; cuando blande espadas, no hacia fuera, sino hacia adentro, para cortar sus más bajas pasiones; cuando se queja menos de las mentiras del mundo y se pone a la obra para hacerse menos embustera que antes. El abismo de impotencia clama hacia el abismo de salvación. La Cruz es vista entonces bajo una nueva luz.

…Pero esta cascada de Poder Divino no puede operar sobre un hombre mientras éste viva bajo la ilusión, ya de ser un ángel, ya de que el pecado no es culpa suya. Debe admitir previamente el hecho de la culpa personal…Dios se convierte en una posibilidad para el alma desesperada, sólo cuando ésta comienza a ver que puede hacer “todas las cosas en Él, que me fortaleció.”

…No todos aceptan las exigencias presentadas durante una crisis espiritual. Algunos escogen una vida corriente y buena, en lugar de la vida espiritual. Hasta el momento de la conversión, un alma tiene sus propias normas de bondad. Después de haberse visto ante la Gracia de Dios, no busca más que correspondencia con Su voluntad.

La crisis espiritual es bastante general, porque en toda alma hay un reflejo del ansia universal de perfección. Después de la conversión hay un amor sobrenatural a Dios, pero aún antes de la conversión existe un amor natural hacia Dios…Toda persona que ama, ama naturalmente a Dios más que a sí mismo. Este amor no es consciente en muchas almas, y en otras, sus efectos prácticos se ven limitados por la concupiscencia; pero se encuentra oculto en toda búsqueda de felicidad, en todo deseo de un ideal suficientemente grande para satisfacer todos nuestros anhelos.

Aún cuando el hombre se conforme con menos e imagine que ese es su Infinito, aún entonces el Bien Supremo es más deseado; de tal modo que Dios es amado, ya consciente, ya inconscientemente por todos los seres capaces de amor. Pero el deseo de poseer a Dios en el amor sería un deseo ineficaz si Dios no elevase la naturaleza humana. Cuando tal cosa ocurre, cuando el alma pasa de un amor natural a uno sobrenatural, se ha llevado a cabo una conversión.

…Hoy existe en el mundo un vasto ejército de almas buenas que no han entrado aún en la plenitud de la crisis; están sedientas, pero tienen miedo de pedirle a Él de beber, no sea que Él vierta el líquido de un cáliz. Sienten frío, pero temen acercarse a Sus fuegos, no sea que las llamas purifiquen al mismo tiempo que iluminan. Hay muchos a quienes les agradaría tender los dedos hacia Nuestro Señor; pero retroceden, de miedo a que Él les tome la mano y les conquiste el corazón. Pero no están lejos del Reino de Dios. Ya tienen el deseo; no necesitan más que el valor para atravesar la crisis en la que, a través de un aparente sometimiento, se encontrarán victoriosos, cautivos de la Divinidad.

Existe también otro tipo de conversión, causado por un acontecimiento físico. La crisis es física cuando pasa por una catástrofe inesperada, tal como la muerte de un ser amado, un fracaso comercial, o algún sufrimiento que obliga a preguntar : ¿Cuál es el fin de la vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adonde voy? Mientras había prosperidad y buena salud, estas preguntas jamás aparecían; el alma que sólo tiene intereses externos, no se ocupa de Dios, como no se ocupó de Él el hombre rico cuyos graneros estaban repletos. Pero cuando los graneros se incendian, el alma se ve repentinamente obligada a mirar hacia adentro, a examinar las raíces de su ser y a atisbar en el abismo de su espíritu. La enfermedad, en especial, puede ser un bienaventurado heraldo de la conversión del individuo.

…En cuanto un hombre comienza a preguntarse ¿Para qué estoy aquí?, la crisis ya ha comenzado. La conversión se hace posible en el momento mismo en que el hombre deja de culpar a Dios o a la vida por sus problemas y empieza a culparse a sí mismo; de este modo, se torna capaz de distinguir entre su lastre pecador y el barco de su alma. Ha aparecido una grieta en la armadura de su egoísmo; ahora puede penetrar por ella la luz del sol de la gracia de Dios. Pero hasta que esto sucede, las catástrofes no nos enseñan otra cosa que desesperación.

…El hombre frustrado de hoy, habiendo perdido su fe en Dios, viviendo –como vive – en un mundo desordenado, caótico, no tiene faro alguno que lo guíe…La catástrofe puede ser para un mundo que ha olvidado a Dios lo que una enfermedad puede ser para un pecador; en medio de ella, millones de seres pueden ser llevados a una crisis, no voluntaria, sino obligada… Se ha dicho : “ En tiempo, de paz, prepárate para la guerra.” Pero sería mejor que revisáramos la frase y dijésemos : “En tiempos de disturbios y disolución, prepárate a encontrar a Dios.”

Esa clase de conversión puede presentarse también entre los que ya tienen la fe. Los cristianos se harán verdaderos cristianos, con menos fachada y más cimientos. La catástrofe los separará del mundo, les obligará a declarar sus lealtades básicas.

La crisis está sobre nosotros, cualquiera sea nuestra condición y nuestra posición. Pero la crisis no será consciente y efectiva mientras no venga acompañada por el deseo. Y bien, el deseo implica posibilidad . “Nada es imposible con Dios.” Si no hay Dios, entonces nada es posible. El deseo de Dios es para el alma lo que la respiración para el cuerpo : la respiración trae de afuera a nuestro cuerpo la posibilidad de la vida física, así como la oración, que es la más alta expresión del deseo, trae a nuestra alma la posibilidad de la participación en Dios.

La conversión no sigue automáticamente a este anhelo; a menos que el deseo de Dios sea más fuerte que las viejas costumbres y pasiones, la crisis de deseo puede terminar en frustración. La gracia de la conversión puede pasar…y entonces uno ha perdido el barco, ha perdido la Barca de Pedro. El deseo existía; pero, como no era altamente apreciado, el ideal de Cristo fue abandonado y quedaron el ideal carnal y el mundano. Jamás hubo un converso a quien le faltaran deseos : deseos de Dios y también deseos de convertirse en un hombre distinto de lo que fue hasta entonces.

Dios entrará bajo nuestro techo cuando Él lo quiera. La Gracia – la “entrada” – es la parte de Dios; cultivar y albergar el deseo de la gracia es nuestra parte, conferida por Dios : “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; golpead y se os abrirá.” ( Mateo 7, 7 )

Extraído del libro Paz en el alma ( en el año 2001 )

Fulton J. Sheen – Edit. Iber-Amer Argentina SRL – 1951

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